De entre todo

lo que amo
de vos,
me encanta
un montón,
por ejemplo,
que gustes tanto
de la catástrofe.

De que nos obliguen
a encerrarnos dos meses.

De la quiniela
de los conteos.

De
todo lo que es
Trump.

De que se amotinen
los presos.

De que se amontonen
los madrileños
en la puerta del
Retiro.

De que todo vuelva
para atrás.

De que nos obliguen
a encerrarnos dos meses
más.

Que disfrutes
de la incertidumbre,
amo yo.

Que te encante
todo eso
que
a mi
me aterra.

Y por supuesto
la consistencia
de que también
hayas elegido
gustar
de una catástrofe
tan incorregible
como yo.

Día de una ansiosa en cuarentena en Madrid

Se despierta, pospone la alarma tres veces, a la cuarta se levanta;
traga saliva y le duele la garganta, piensa que debe ser porque se acostó con el pelo mojado pero por las dudas se come un caramelo de lidocaína para no llegar pensar que el dolor es síntoma de algo;
se lava la cara, se peina, nota que tiene la piel y el pelo secos y le asusta pensar que son un síntoma de bajas defensas;
se lava los dientes sin mirar cuando escupe el dentífrico porque sabe que si ve sangre también va a pensar que es un síntoma de bajas defensas;
se toma una pastilla de vitaminas para aumentar las defensas;
se toma dos cápsulas de omeprazol para no tener acidez, aunque no tenga acidez, pero si llega a sentir acidez va a tener nauseas, que son síntomas de embarazo, y en la tele dicen que con la cuarentena se van a producir un millón de embarazos;
se prepara un té con dos saquitos de manzanilla;
abre la computadora para trabajar pero antes lee las noticias para ver el conteo de muertos y contagiados del día;
prende la tele para ver hablar al ministro de alertas, que dice las cosas bajito y con calma y justifica con gráficos que todo va a estar bien;
piensa que seguro el ministro hizo seminarios de comunicación de crisis para hablar bajito y con calma como si todo fuera a estar bien, pero que en el fondo seguro está tan asustado como todo el mundo;
se toma el té de manzanilla;
trabaja un poco, odiando tener que trabajar y no estar haciendo esas cosas que hace la gente que aprovecha la cuarentena en favor de su vocación;
se angustia pensando en que todos quieren que la cuarentena termine, mientras ella ruega que el ministro en la tele siga agregando semanas, porque ella todavía no hizo nada con la cuarentena en favor de su vocación;
se frustra pensando en que después de todo no sabe bien cuál vendría a ser su vocación;
abre instagram;
mira fotos de gente en fiestas, en montañas, en su trabajo, diciendo que éramos felices y no lo sabíamos;
piensa en que felicidad para ella es la seguridad de estar encerrada en casa;
cierra instagram;
prende la estufa aunque no tenga frío, porque sabe que si le llega a dar frío va a pensar que es síntoma de fiebre y la fiebre es síntoma del virus;
piensa que desde que apareció el virus le dice el virus porque nombrarlo por su nombre seguro hace que aparezca;
pasa el resto del día trabajando, comiendo y sintiendo que se está volviendo gorda porque no se mueve y se está volviendo tonta porque no tiene vocación;
se toma la temperatura unas cuatro veces, le toma la temperatura al novio otras tres, le pregunta si se siente bien cada media hora sólo para chequear;
ignora todos los mensajes de whatsapp donde le preguntan desde Argentina cómo está;
a las seis de la tarde cierra los mails del trabajo y abre netflix;
busca alguna cosa para mirar pero nada le interesa, porque no siente interés por nada, porque se está volviendo tonta;
se acuesta a dormir la siesta con el novio pero no se duerme una mierda;
deja pasar unas horas;
se levanta, cocina, comen, se prepara para ir a dormir;
se toma la segunda pastilla de vitaminas del día para aumentar las defensas;
se toma un migral porque aunque no le duele la cabeza no quiere jaquecas que se parezcan a síntomas del virus;
se toma un antihistamínico porque aunque en casa no tiene alergia no quiere mocos ni fatiga que se parezcan a síntomas del virus;
espera mirando al techo a quedarse dormida,
pasa una hora,
se toma un rivotril,
espera mirando al techo a quedarse dormida.

Mi primer día sin llorar.

Llevaba un mes de llorar todos los días
de frustración.
De la cosa esa
de cuestionar
que si algo no me está saliendo bien
ahora
es porque hice todo mal
en todo el camino
que me trajo hasta acá.

Acá Madrid y acá momento
de la vida.

.

Llevaba un mes de llorar
por los trabajos que no consigo
y por los trabajos que sí consigo
y no me gustan.

Porque no estoy hecha
para dos inviernos seguidos.

Porque los trámites
duran mil y una
oficinas.

Por no tener tiempo para hacer cosas
que quiero.

Porque hay demasiadas calles
cuesta arriba
y demasiadas escaleras
para salir del Metro.

.

Llorar por no sentir
nada.
Por no extrañar
nada
mi país.

Porque no me quiero morir de
coronavirus.

.

Pero ayer no lloré.
Ayer
por alguna razón
– hasta consideré
ser bipolar –
no sólo no encontré excusas
para estar mal: encontré,
a cada paso,
razones
para estar bien.

Ayer alguna fuerza
extraña
logró que nada me
perturbe.

Me sentí capaz.

Se me alinearon los proyectos
mentales.

Me exploté de amor
por mi novio.

Tomé sidra.

Me reí a carcajadas.

No odié Madrid.

.

Hoy me di cuenta
de que ayer había sido
el aniversario de la muerte
de papá.

La distancia
en todas sus formas
me lo hizo olvidar.

.

Los dos anteriores
los había pasado
llorando en plazas
escuchando Daniel
de Elton John.

Éste fue
real
el primero de sus aniversarios
que no lloré.

Y el primer día en meses
que me sentí
feliz.

.

¿Será que se adaptó?
Él.
Él siempre se adaptaba fácil
a los cambios. A los nuevos lugares.
Se ve que estaba contento
en su aniversario
de llegada
al Cielo.

Se ve que me quiso regalar
él a mi,
ya que estaba,
un adelanto
de cómo va a ser cuando me adapte
yo
a los cambios. A los nuevos
lugares.

Cuando tenga la suerte de ser
como él.

Reputación.

Si me termino este vaso
voy a terminar cruzando todo el salón
para clavarte el índice en el pecho.

Si me termino este vaso
de gin tonic mal preparado,
pierdo contra el café perfecto,
noble,
de mi volturno esta mañana.

Me vas a mirar fijo,
otra vez,
sin contestar nada que me sirva,
otra vez,
sin darme ningún motivo
para volver a mi banco
y de ahí a mi casa,
de ahí a mi tarro de aspirinas,
de ahí a mi inocencia,
de ahí a mi vestido rosa de quince.

Si me termino este vaso
voy a terminar dándoles el gusto
de ser
la que te contaron que soy.

Qué

Nunca te enteraste pero un día que llovía y ni te movías de la almohada me fui.
Te dejé.
Con el paraguas amarillo, porque todavía no lo había perdido.

Caminé hasta la Plaza Mafalda, que es adonde voy cuando creo que voy a explotar. Siempre termino ahí, porque es lo más cerca de mi casa.

– Y es que yo aprendí a leer con Mafalda. Y es que Mafalda es mi casa. –

– Quino no podría imaginar lo que significó en mi vida que hubiera elegido escribir con imprenta mayúscula. –

Había una parejita. El chico con camiseta de Boca. En ningún momento dejaron de besarse. Toda la media hora que estuve ahí, ellos en la pausa más perfecta. Todo antes y después del beso es drama.

No sabía, cuando me mudé, que este barrio iba a ser tan mío. Que me iba a sentir tan querida. Que todo lo que necesitaba era una cafetería que me despierte y una cervecería que me hiciera dormir.

El barrio es como el beso entre la ciudad y el pueblo. La pausa más perfecta.

Qué se sentirá ser vos, hoy, quisiera saber, pasando por mi barrio sin la llave de mi casa en el bolsillo.
Cruzando mi calle.
Mirando a mi portero a los ojos.

Taliesin

Si es por mí, vamos.
Ahora.
Con la inercia que nos quede del café que nos estoy sirviendo.
Ahora, que estoy bien vestida.
Ahora, que te agarro contento
porque ganó la Juve.

Vamos a Torino.
Vamos a la Piazza del Castello.
Quedate mirando las casas de los Saboya.
Y yo le pido a San Lorenzo por los dos.

Vamos, si es por mí.
Que acá se queden
contándola como quieran.

Vamos.
Veamos todo lo que hay afuera.
Enamorémonos de todo lo que combine
con nosotros.

Que no nos quede nada sin desear.

Vamos.
Así cuando volvamos,
(si es por mí, volvamos),
construimos una casa
que se parezca a todo lo que recordamos
haber deseado alguna vez.

Te doy una canción

Pero de cancha.
No una de verdad, hippie, como Silvio Rodriguez.
Si total, de las sombras, vos no vas a salir.

Te doy una canción para cantar de a muchos,
porque cuando te quise yo era un montón de gente.

Una canción para cantar saltando,
sin aire,
desafinada de cerca,
coral de lejos.

Una canción que diga que de la cuna hasta el cajón,
vos y yo.

Aunque yo no usé cuna.
Porque pasé de dormir con mamá a dormir en cama.
Y de mi última cama, quiero pasar al viento que sopla por arriba
de Los puentes de Madison.
Como Meryl Streep.

Para qué cuna y cajón,
si no hay vos y yo.

Como Meryl Streep,
cuando no se anima a abrir la puerta de la camioneta.

Yo tampoco abro la puerta.
Si total, de las sombras, vos no vas a salir.

Mi año del pensamiento mágico

Hace un año me mudé. Me avisó Facebook.
Hace un año me obsesioné con decorar. Nunca me había importado cómo se veían las cosas, pero hace un año que quiero que mi casa sea una casa de verdad, no una de paso.
Hace un año me compré El año del pensamiento mágico.
Hace una semana lo empecé. Hace un día lo terminé.
Me acuerdo porque, hace un año, fui a comprar bambú al barrio chino. Obsesionada por las plantas en botella. Obsesionada por cómo se veían las cosas.
La chica que me vendió el bambú tenía El año del pensamiento mágico en su mesa.
Es el libro que tengo en la cartera, le dije.
Hace una semana, recién, me animé a leerlo.
Hace un día lo terminé. Un libro. Un año.
Hace un año me estoy velando.
Hace un día terminé mi duelo.
Te sientas a cenar y la vida que conocías se acaba.

Volturno

No encuentro la forma de lo que quiero decir.
Porque decirlo puede matarlo. Decir cumple y decir mata. Decir hace verdad todo.
No encuentro la forma de hacerte verdad. Por miedo a que seas verdad.
Lo tengo entre el esófago y el estómago. Ahí donde empieza la magia el café.
Lo tengo entre las costillas. Las de para colgarse.
No encuentro la forma de decir lo que nunca me pasó.
No encuentro la forma de decirte y que no te vayas.