Palermo Viejas

Me siento en el medio de la plaza, en el medio de Palermo Sensible, en el medio de un banco verde vacío, el único banco no-lleno de viejas, a leer. Washington Cucurto, el tonto rey imaginario de la cumbia, habla de la pobre Miriam, la turca, turquita linda, que él tanto ama, una de las tantas que tanto ama. Porque otra no le queda, al pobre negro. Amar lo que puede, lo que tiene a mano, la mujer y esas cosas, en un mundo que da para todo pero en un país que no da para nada. Miriam, cuenta Cucurto, con uniforme rosa bien planchado, vende semillas a las viejas chetas de un Carrefour cheto. Yo miro al banco que está a mi derecha, y miro al banco que tengo en frente, y los veo a los dos y a toda la plaza llena de esas viejas. Chetas come semillas. Para otra cosa no dan. Para otra cosa, a ellas tampoco, no da el país.
Tengo que esperar. Para eso uno se sienta. Por eso uno lee. Las viejas hablan y miran todo lo que pasa en la plaza. A mí también. Ellas también están esperando.
Se sienta una viejita al lado mío. Es más chiquita que todas y más vieja que todas. No me dice permiso. No me dice perdón. Posee el banco. Saluda a las otras levantando el bastón, muy protocolar, muy vieja come semillas. Todas le responden el saludo, a lo largo y a lo ancho de la plaza, desde cada banco verde. Ninguna se levanta.
En Constitución, leo, Cucurto lleva para atrás de un árbol a la cuarta paraguaya del capítulo, quinta víctima contando a un paraguayito. En Palermo Sensible, escucho, dos viejas miran a una chica llamar a su perro que está cagando en la otra punta de la plaza. Luca, Luca vení, grita la chica. Mirá la carita, mirá Luca se llama, repiten las viejas.
Entonces, impunes, vienen dos viejas y se sientan una de cada lado, al lado de mi vieja, la de mi banco. No caben. No cabemos. Amago a moverme y las viejas interpretan que me estoy parando para irme. No querida quedate, me dicen. Me quedo.
Quedo al borde. En el banco. Me hubiera gustado quedar en el medio. Que si me ve alguien de lejos, crea que soy parte. Quiero quedar linda sentada al lado de las viejas, quiero ser Gerard Depardieu. Fea y linda. Y al lado de una vieja, entendiendo todo.
Las viejas empiezan a hablar de que ya no hay tanta gente en la plaza. Lo dice una. Otra le dice que gente hay, lo que ya no queda es tanta gente conocida como antes. Que se fueron todos yendo, ya.
Mi atención se sube a un 12 ramal B, en mi cabeza, como quien va de Constitución a Palermo, y cierro el libro. Chau, che, Cucurto, me quedo a comer semillas, como paloma, bichos de mierda, prendida a los bancos de viejas que me van tirando miguitas.
Las escucho. Pienso en si existirá el tipo de vieja que no inicie conversación diciendo algo de lo que ya no hay. Pienso en que yo cada vez más empiezo conversaciones hablando de lo que ya no hay. Pienso en cuánto gusta, cuanto vende, hablar de lo que ya no.
Aparece otra vieja con su bastón. La lleva del brazo una chica joven. En el otro brazo, la chica joven, lleva una silla de plástico. Saludan a mi banco. Pasan de largo y llegan hasta otro. La chica joven se sienta entre las viejas que están ahí, la vieja del bastón se sienta en frente, en la silla de plástico. Hablan, saludan de lejos a otras viejas, de otro banco más allá. Todas se sonríen.
No veo viejos hombres.
Escucho a mis viejas. Todo lo que dicen. En un momento, decido que quiero meterme en la conversación. Lo hago. Les pregunto de dónde se conocen. Me dicen: de la plaza. Las amo.
Me cuentan que no hay horarios, que ellas van y ya, y se encuentran ahí. Que yo, por ejemplo, me dice una, vengo a la mañana, con mi marido, me siento, él hojea el diario, después volvemos a la casa, preparamos la comida y así se pasa toda la mañana. Ah, viniste a la mañana, dice otra de las viejas. Sí, sí, vengo siempre. Ah, nunca lo comentaste, le dicen.
También, me cuentan, se conocen de tomar el té. Que ahora no porque es verano y está cerrado, pero que durante el año ellas ponen, y son varias eh, 20 pesos, es muy poco, por mes, y la iglesia les prepara el té. Todos los miércoles. Y ellas sólo teinen que llevarse la taza,
el azucar o el chucker, y en la iglesia les dan el té, o el café, con leche en polvo si quieren. Y después tocan la guitarra. Lindo. Hasta, te digo, se arma el baile. ¿Y qué bailan? Y pasodoble, tango, todo entre mujeres. Claro, a los hombres no les gusta. No, somos todas viudas. Y me sonríen. Ah, las mujeres aguantan más, les digo, en chiste, dándome cuenta y todo de que no está bueno mi chiste. Pero se ríen y me dicen que sí.
Hablan entre sí, sin incluirme en la conversación pero dando datos de más, como para que yo entienda. Hablan de todas las otras viejas de los otros bancos de la plaza. Conocen todo de todas. Les encanta hacérmelo saber. A mí me encantan ellas.
Me cuentan de todos los edificios del barrio. Que la heladería era un vivero, que el café era una Shell, que el edificio alto era un colegio del Estado, que Charcas era una feria horrible, que el Supervielle era una tienda de gallegos y que los gallegos eran gemelos igualitos.
Que todos los edificios eran casas bajas antes, y lo más alto era la Iglesia. Que ahora la Iglesia quedó chiquita. Es linda esa Iglesia, les digo. Sí, sí, ahí yo me casé, es linda, ¿entraste alguna vez?, me dice otra. Sí, sí, entré, es linda, repito. Sí, sí, repite ella. No sigo la conversación, porque claramente estas viejas de ahora no van a la iglesia, ya ni las viejas van a la iglesia.
No me preguntan donde vivo, ni hace cuanto, ni de donde vengo. Pero yo por supuesto que les cuento todo. Les charlo, les quiero charlar. Me dicen que ellas están siempre ahí, que vaya a la tarde y las voy a encontrar, que si no están me siente con otras viejas y les diga que yo soy de charlar con ellas, y así me van a dejar quedarme a charlar. Y vamos a hacer amigas, y no voy a estar sola. Todo eso me dicen, todo eso me creen.
Fran me escribe que dónde estoy. Contesto: en la plaza, sentada con las viejas, hablando con las viejas. Me siento capa. Me quiero quedar con ellas. Comer semillas. Esperar. Que Cucurto hable mal de mí.
Cuando las saludo me dicen que esperan verme pronto, que si no voy a la iglesia. Que si voy a la iglesia seguro las veo ahí. Que no me dijeron antes porque, claramente, estas chicas de ahora no van a la iglesia, ya ni las chicas van a la iglesia.

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