Veritatis splendor

Yo tenía una verdad, cuando tenía infancia, que sacaba a pasear y que venía cuando le gritaba el nombre. Le gustaban los cítricos, le gustaba yo. Mi papá me dejaba que la entre a casa. Mi hermana me decía: ¡qué cierta es! Y mis amigos venían a verla, de lo linda que era. De lo cierta que era. Mi mamá le había puesto nombre, mi maestra me pedía que hable de ella en clase. Era tan cierta. Le gustaban tanto las naranjas. Después se puso vieja, más o menos para cuando empecé yo a hacerme joven. Le importó más fifar que seguirme. Más montarse otras verdades, que mi patio. Se la llevaron al campo, a un campo que quedaba cerca, lleno de verdades en celo. A veces desde el auto la veía. Nunca volví a gritarle, no me iba a gustar que no viniera. Qué tan blanca era, también, mi verdad. La boca le fluorecía cuando comía. Me cegaba el contraste con el césped.

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