Palermo Güimpi

Palermo Sensible no es mío, pero algún día me lo voy a quedar.
Palermo Sensible barrio, no Blog. Esto, ésta cosa de escribir por amor al poder hacerlo, es puro Palermo Nube.
Palermo Cloud.

Hay dos cuadras de Palermo Sensible, por Salguero, entre Soler y Paraguay, a las que les digo Palermo Güimpi. Porque puedo. Porque no es mío pero me lo pienso quedar. Y si quiero, lo nombro.
Palermo Güimpi empieza en la esquina de mi casa, en un edificio en construcción que nunca terminan de hacer y que; quizás es por eso, por ese amor a la gesta; tiene de ingeniera jefa a una mujer.
Los obreros de Soler y Salguero nunca, jamás, me han faltado el respeto.
Y, termina, Palermo Güimpi, en el bar de la esquina de Salguero y Mansilla, frente a la plaza Guemes. Mi plaza Guemes.
Palermo Güimpi se llama Palermo Güimpi porque, bastante obvio, ahí está Güimpi, la pizzería con más olor a cebolla de todo Buenos Aires. El olor de Güimpi dura desde mi casa y hasta la plaza. Le perfuma los pelos a las clientes de la peluquería de Salguero donde una vez me hicieron más rubia de lo que debía yo ser, y le perfuma los planes a la productora de Salguero que un día me va a comprar las películas que debo yo escribir.
Una noche, hace poco, bajé a comprar pizza de Güimpi, con mi pollera más triste, mi remera menos querida, mi pelo desordenado, mis ojotas más llenas de pintura y mis peores ganas. Sabiendo bien lo que hacía: iba camino a llenarme a mi y a mi casa de perfume a Palermo Güimpi. Estaba por agregarle esas tres cuadras de aroma a mi dos ambientes.
Esa tarde, era sábado, me había enamorado de un chico en una vereda que nunca más iba a volver a ver. En la puerta de un cine. Basado en hechos ficticios.
El chico me había hablado de tres cosas. De Independiente (él también era hincha), de cine (íbamos a ver la misma película) y de un programa de radio que me recomendó escuchar.

Cuando bajé esa noche a comprar la pizza de Güimpi, fue conmigo, en el ascensor, los tres pisos, la mujer más linda, triste y fea del mundo. Cuarenta años, como mucho. Los ojos y el pelo secos. La ropa sin cuidar y la mirada culposa por verse ahí, en tres pisos de espejo de ascensor, siendo una que no tenía ganas de ser.
Nos esquivábamos educadamente la mirada.
La dejé salir primero del edificio y salí caminando atrás suyo, despacio, como para no alcanzarla.
Dobló por Salguero. Yo también. Hizo una cuadra. Yo también. Llegó hasta Güimpi. Entró.
No le quise hacer eso. Volver a cruzarnos. Volver a juzgarla en silencio y que se diera cuenta.
Yo tampoco quería ser ella.
Me fui, entonces. Hice tiempo, cuadras. Compré cerveza. Fui a la plaza Guemes. Miré a un chico con camiseta de Boca, sentado en un banco, jugando a la casita robada con la novia. Eran la Auténtica y el (si existiera) Auténtico de Los Decadentes.
Siempre morí por ser la “ella toma champagne en un vasito de plástico” de alguien.
Siempre muero por bancos de plazas y cordones de veredas.

Volví a Güimpi y la mujer triste seguía ahí. Entré de todas formas. Ella no me vió. Miraba el televisor. En Güimpi habían puesto una tele grande, ancha, por el Mundial. Y un cartel, afuera, que decía “Viví el mundial en Güimpi”.
El mundial ya había pasado hacían dos meses, pero el televisor seguía ahí.

Pedí mi pizza. Esperé. Se me abrieron los poros, las puntas del pelo y el algodón de la remera. Me hice cebolla.
Capas abajo, pensaba en el Mundial. Y pensaba en Independiente. Y en el chico de Independiente de la vereda del cine. Y en que tenía que apurarse, esa pizza. Pensaba en mis amigos, que ya estaban por llegar a casa. Y en la banda que estábamos por ir a ver. En que era (lo habían dicho en facebook) el último concierto que iban a dar.

La que atiende en Güimpi apoyó una bandeja en la barra y anunció a los gritos: Una fugazzeta y un tinto?.
La señora triste se acercó. Me vió. Agarró su pizza y su vaso verde Güimpi y se sentó en la barra. Me dio la espalda. A la tele ancha también.

Me sentí mal. La peor cebolla del mundo.
Me dieron mis pizzas.
Pagué y me fui.
Llegué a casa. Llené mi casa de dolor a cebolla. Vinieron mis amigos. Me comieron la pizza y me tomaron la cerveza.
Me esperaron hasta que me bañé.
Tardé. Que no me quedara ninguna capa de cebolla sin arrancar. Lloré un poco. Era por cebolla, se podía.
He llorado más por cebolla, en la vida, que por vida.

Fuimos al Matienzo a ver a la banda y, mientras caminábamos, uno de mis amigos me recomendó un libro. Que lo tenía que leer. Que sí o sí. Me lo contó casi todo. Me interesó. Me lo anoté.

Llegamos. Pagamos la entrada. Me senté en una silla blanda que no tenía nada que ver con un cordón duro y amarillo de vereda. La banda empezó a tocar y yo empecé a sentir la misma sensación que a la tarde, mirando al chico de la vereda del cine, de saberme ante la última vez que estaba viendo una cosa.
La banda siguió tocando mientras yo me hundía y entonces subió de la nada un chico al escenario. Tenía cartulinas escritas en las manos. Como en Love Actually. Iba tirando una a una las cartulinas y en ellas se leía la letra de la canción que estaba cantando la banda. Lindo detalle, pensé. Bien ahí la banda, pensé. Hasta que ya cerca del final, en una parte instrumental, los carteles dejaron de ser canción y empiezaron a decir “Jazmin”, “querés”, “casarte”, “conmigo”.
Lloré.
Y Jazmín, al fondo del Matienzo, lloró también.
A la salida, hablé con el baterista de la banda y le dije que no podía ser que no tocaran más.
Él me dijo “bueno, vos hiciste lo que pudiste”.

Y me dijo, el baterista, que tenía que escuchar a su nueva banda. Que sí o sí. Me pasó el nombre. Lo anoté.

El día después pasé por Güimpi y en la tele que dejó el Mundial estaban pasando a Boca. Llovía. Yo volvía de la cancha, de Avellaneda. Pasé justo para el segundo gol de Meli a Velez. Me quedé un ratito, del otro lado del vidrio, aspirando olor a cebolla y mirando a Boca festejar. Era extraño. La pantalla ancha que servía para ver a Messi llorando hace dos meses, sirviendo ahora para ver a Meli riendo. Ni Gago se parecía a Gago. Me quedé mirando ese gol como esperando que pasara algo grande. Sabiendo que no iba a pasar nada grande.
El corazón me había quedado acostumbrado a lo grande.
El corazón y las pantallas nos quedaron anchas, después del mundial.

El domingo ese, después del sábado ese de la banda despidiéndose y Jazmín diciendo que sí, después de volver de la cancha, comí las sobras de Güimpi del día anterior; frías, ya sin olor; escuchando el programa de radio que el chico de la vereda del cine me dijo que tenía que escuchar.
Había dos invitados:
el autor del libro que mi amigo me dijo: tenés que leer, y
la banda nueva del baterista, que me dijo: tenés que escuchar.

Y sí. Y claro. Basado en hechos ficticios.

La tele de Güimpi muestra a Meli riendo. Con olor a cebolla.
Mientras todo mi corazón, ancho, anchísimo, capas de cebolla abajo, espera a la que yo tengo que ser. A la película que tengo que escribir. A que se me vaya lo rubia que me hicieron.
Espera una fugazzeta con vino, en un vasito de plástico.
Auténtico.
En la vereda que sea, de la cuadra que sea, de Palermo Güimpi.
Ahí, donde las mujeres mandan en las construcciones.

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