Diamante

El cuarto, celeste. La luna y las estrellas, pegadas con cinta. El cielo, raso.
La ventana, verde, El mosquitero, roto. El viento se abusa y entra.
La madre no está en la casa y la pequeña Esperanza, que se acaba de despertar, tiene frío, así que arrastra la sábana con los pies hasta sus manos y con sus manos hasta su cuello.
Se despierta, pero se obliga a seguir durmiendo. Se cierra los ojos. No los cierra, se los cierra, hasta que el sol interviene. Al sol no se lo desobedece.
Suenan los gorriones y la cumbia del vecino. La pequeña Esperanza se sienta en la cama y mira por la ventana verde las flores lilas de la parra del patio. Tan lilas. Después se levanta y va descalza hasta la cocina.
Ve que la madre no está y, la pequeña Esperanza, que siempre tiene miedo a levantarse y que la madre no esté, tiembla. Y  asustada de que por tanto temblar le pase algo peor, se agarra el pecho.
Se da cuenta de que esa noche soñó que volaba en la cocina. Se paraba en una silla, se colgaba de la estantería, levantaba los pies y se empujaba en la pared, como cuando se toma impulso en el borde de una pileta para empezar a nadar. Volar, en su sueño, era como nadar. Movía los brazos y se impulsaba, ida y vuelta, por los cuatro metros que tiene de largo la cocina, desde la estantería hasta el órgano que la madre había puesto ahí, porque le gustaba mezclar lágrimas de cebolla con la música de la nena, que todavía no sabía tocar.
Ahora, la pequeña Esperanza sale de la cocina y va a la habitación de la madre. Hace frío. En toda la casa, frío. Piensa en que la madre no querría que esté tan asustada, mucho menos que salga a buscarla. Pero ella quiere salir. ¿Dónde está la madre? Vuelve a temblar. De frío o de miedo, de los dos juntos, no.
Se va a lavar los dientes para hacer tiempo, a lo mejor cuando termina se le pasa el miedo, o llega la madre. Se sube a la sillita roja que tiene en el baño para verse en el espejo. Se mira. Es pequeña, la pequeña Esperanza, pero ya se da cuenta de que a la mañana es más linda que en cualquier otro momento del día.
Quiere que venga la madre, sabe que si no llega pronto se va a poner a temblar de nuevo. Pero mientras tanto, por unos minutos, se dedica a disfrutar de estar sola. Cuando no tiene miedo, hay algo en la soledad que la entusiasma.
Después de lavarse los dientes y dejar una mancha de dentífrico en su pijama, se lava la cara. Se mira al espejo, no se acomoda el pelo, abre el botiquín, mira las cremas de la madre, elije dos con color: una clara y una oscura. Se pone la clara debajo de los ojos y la oscura en las mejillas.
Quiere que llegue la madre, sigue teniendo miedo, tiembla porque la madre no llega; pero también quiere quedarse sola, todavía un rato más, usándole las cremas. Cuando termina, las acomoda en el lugar exacto en el que estaba cada una. Sigue con miedo, pero no piensa en eso. Ahora no, ahora se mira al espejo.
Desde la casa del vecino, sigue la cumbia. Conoce la canción. Se mira al espejo y mueve los labios, canta. Simula un micrófono en su mano. Canta toda la canción. Sonríe. Se baja de la sillita roja.
Vuelve al comedor.
La puerta que da al patio está cerrada con llave, y la llave no está puesta.
Busca la sillita roja del baño, la trae y la pone junto a la puerta, abajo de donde están colgadas las llaves. Se para, alcanza un manojo de llaves y lo baja. Intentar abrir la puerta es complicado; la puerta no se abre así nomás, hay que tirar hacia adentro, dar vuelta la llave, empujarla hacia fuera, todo en un segundo. La pequeña Esperanza no sabe bien cual es la copia de la llave de esa puerta; la de verdad, la de siempre, la del llavero con una D, la tiene la madre; las copias nunca tienen llavero, nunca se sabe cuál es cuál, hay que probar todas para encontrar la correcta. Y para la pequeña Esperanza, que nunca fue buena abriendo puertas, tirar, dar vuelta y empujar, todo en un segundo, es complicado.
Agarra la primera, que no es cualquiera, es la que más le parece que puede llegar a ser; y que en efecto es, pero todavía no lo sabe; hace fuerza y siente que se le ponen colorados los cachetes, tira, empuja, se le congelan los dedos porque hace frío, y le duelen porque la llave y la puerta son duras; prueba dos veces, dice no; prueba con otra, no entra, no puede ser; si la otra entraba entonces es la otra, pero la otra no abría; vuelve a probar, tiene ganas de llorar, tira, le duelen los dedos, se le resbala la llave, empuja, tira, empuja, abre la puerta. Sale.
Afuera hace menos frío que adentro. Hay humedad.
La pequeña Esperanza no sabe todavía lo que es la humedad. Algún día se lo van a contar y va a empezar a medirla siempre: hoy hay humedad, hoy no hay humedad, la humedad está insoportable, mirá lo que es mi pelo, mirá lo que es el aire, mirá la humedad.
También va a entender, pero todavía no, porque todavía es chica para entender, lo que es el rocío. Y que, cuando hay rocío, no llueve.
Ahora sólo piensa, después de haber salido, en qué va a hacer. Mira el patio, el pasto mojado, todo mojado de rocío y el terreno, donde antes había ovejas y ahora hay caballos, que comunica su patio con el de su abuelo, que vive del otro lado de la manzana. Como todavía tiene miedo y como todavía tiembla, decide irse a lo del abuelo. Y como le tiene miedo a los caballos, no cruza el patio; va a dar la vuelta manzana.
Antes, vuelve a entrar a su casa y deja la llave en la puerta entreabierta. Tiene las pantuflas mojadas y el rosa claro del peluche de las pantuflas, mojado, ahora es rosa oscuro. Se las saca y las deja en el pasillo entre su cama y el ropero. Se pone un pantalón azul. Se pone un buzo gris con un oso celeste al frente. Medias ya tiene. Se pone borcegos. No sabe atarse los cordones así que tira de ellos bien fuerte y esconde las puntas, sin atar, dentro de las medias.
Se pone una campera grande azul y verde flúo; cuando crezca, la pequeña Esperanza va a odiar esa combinación de colores, pero ahora no piensa en esas cosas porque a la ropa se la elije la madre, que no piensa en esas cosas porque piensa más en que la campera sea grande; la pequeña Esperanza no se peina, que bueno es que no la obliguen, y sale.
Camina por la vereda hasta la esquina. Dobla a la derecha y sigue por el medio de la calle de tierra. Ve a los vecinos que toman mate en sus patios, es temprano. La pequeña Esperanza, de todos modos, no lo sabe porque todavía no sabe la hora. Pero tampoco le importa, porque cosas como el tiempo no le generan ningún interés.
Llega a la esquina y se encuentra con el gato negro del abuelo. Parece que la reconoce. La pequeña Esperanza lo saluda, lo acaricia, lo levanta en brazos y lo lleva así hasta la casa del abuelo. Abre la reja y entra. El abuelo la escucha y sale a su encuentro. Que qué hace, que dónde está la madre, que por qué no se quedó en casa, que la madre se va a enojar, dice él. Que no sabe dónde está la madre, que tiene miedo, que la esperó un rato pero le dio más miedo, dice ella.
El abuelo suspira. No hace nada para tranquilizarla pero se pone a prepararle el desayuno, y con eso ya está. Nota los cordones desatados. Mirala, se vino con los cordones desatados, dice. Se agacha para atarlos, el gato lo rasguña, a los gatos no les gustan los cordones prolijos; él lo espanta. Después salen al patio. El abuelo mira hacia la casa de su hija, por si la ve volver. No ve nada, van a tener que esperar. Mientras tanto, juega con la pequeña Esperanza. Está viejo, el abuelo, se cansa muy rápido, pero igual disfruta de jugar horas con ella al “frío-frío, caliente-caliente”. Lo juegan desde que ella puede acordarse. Uno de los dos esconde el diamante del abuelo en algún lugar del patio y el otro debe buscarlo. Cuando el que busca se acerca al diamante, el que lo escondió dice “tibio-tibio”, cuando está muy cerca: “caliente-caliente”. Cuando está lejos, muy lejos: “frío-frío”. El diamante del abuelo es, en realidad, una piedra preciosa, pero para la pequeña Esperanza es un diamante. Era blanco pero ahora es lila, como las flores de la parra, porque ella un día lo pintó con marcador, después de ver una piedra preciosa de color. Sin saber que el diamante era una piedra preciosa, quería que fuera una piedra preciosa. Pero seguir diciéndole diamante.
La pequeña Esperanza se pone a contar contra la pared; con un brazo se tapa los ojos y el abuelo, que le toca esconder el diamante, no tiene que pensarlo, no lo va a poner muy lejos. lo deja entre las Nomeolvides del cantero, en el suelo, confundido entre los cascotes de tierra. Listo, le dice a la pequeña Esperanza. Ella se da vuelta, sonríe, se resfriega los ojos y se pone a buscar. Se acerca a la mesa de piedra que está en el medio del patio, despacio, cómplice, mira al abuelo con picardía. Frío, dice él.
Se acerca al asador, mira todas las cosas que están sobre él, busca con la mirada, tan concentrada, que no le importa casi escuchar lo que el abuelo va a decirle. Le gusta que el abuelo la guíe, pero si puede encontrar el diamante por si misma, mejor. Frío, dice el abuelo.
Se acerca a la reja que da a la vereda. Necesita descartar esa parte de la casa con urgencia; si el diamante está ahí, la búsqueda empieza de nuevo, es un espacio muy grande. Frío, dice el abuelo.
El gato los mira desde lejos, enojado porque el abuelo no lo dejó interrumpirlo mientras ataba los cordones de la pequeña Esperanza. Los gatos tienen siempre una buena razón para quedarse lejos. La pequeña Esperanza pasa junto a él y se acerca a la ventana del comedor, que da al patio; el gato se le cruza en el camino y se sube a la ventana. Si el gato negro es de la familia, cuando se cruza no cuenta como mala suerte. Frío, dice el abuelo.
La pequeña Esperanza se pone seria, cuatro intentos es demasiado. La casa del abuelo, de pronto, le parece tan fría como la suya.
El abuelo, entonces, mira hacia el fondo de su patio y grita: hija.
Allá en el fondo, al otro lado del terreno de los caballos, está la madre. Llegó a casa y está estacionando la bicicleta. Escucha al abuelo que le grita y levanta la vista. Ve a su hija, la pequeña Esperanza: qué hacés ahí, dice. Vení, dice el abuelo.
La pequeña Esperanza tiembla, como antes, pero ahora porque sabe que la madre va a retarla, y no quiere que la madre la rete.
Ve como la madre agarra de nuevo la bicicleta, saca del canasto unas bolsas de compra, las deja en el suelo y sale a la calle, pedaleando. El abuelo se vuelve hacia la pequeña Esperanza y sigue el juego: bueno dale, encontralo antes de que llegue. La pequeña Esperanza quiere llorar. Lo que el abuelo le dice es una sentencia: tiene que encontrar el diamante antes de que llegue la madre. Sin entenderlo, lo sabe: no va a poder cargar con las dos culpas, el reto de la madre y la derrota del diamante.
La pequeña Esperanza se vuelve a acercar hasta el portón de entrada. Frío, había dicho el abuelo, pero ella vuelve a buscar ahí. Frío, repite el abuelo. La pequeña Esperanza sigue con ganas de llorar.
La madre está a mitad de camino.
La pequeña Esperanza se acerca a la puerta que lleva adentro de la casa, mira al abuelo con ojos húmedos, suplica misericordia. Frío, dice él.
Debe estar en los canteros, piensa, pero el abuelo nunca esconde el diamante entre las flores, porque ella tarda más en encontrarlo. De todos modos se acerca. Tibio.
La pequeña Esperanza se emociona. La madre ya está en la vereda, pero ella no lo sabe; emocionada busca entre las Margaritas, entre los Conejitos, entre las Rosas; el abuelo le dice que no, que sabe que entre las rosas no, porque hay espinas; busca entre las Begonias; siente el ruido del portón de entrada y se pone tensa, el abuelo también lo siente pero sigue con el juego: tibio, le dice, cuando la pequeña Esperanza toca la primera Nomeolvides. Caliente, cuando empieza a revolver entre las flores azules. Caliente, cuando toca los cascotes de tierra. caliente, qué hacés acá Esperanza, caliente, cuando toca con sus dos manos el diamante.
La pequeña Esperanza se da vuelta y ve a la madre junto al abuelo, que la mira contento; la madre la mira con enojo. La pequeña Esperanza no sabe si le toca sonreír o ponerse seria, así que mira al abuelo, le regala una sonrisa y mira a la madre y se pone bien seria, mientras esconde el diamante en su mano toda sucia de tierra.
El abuelo le dice a la madre que no se enoje, que la deje, que no la rete, que se asustó porque se levantó y no la encontró; la madre, enojada, le dice que no puede estar haciendo esas cosas todo el tiempo, que tiene que aprender a quedarse sola en la casa por un rato; no podés hacer éstas cosas, tenés que aprender a estar sola en casa por un rato, le dice a la pequeña Esperanza; ahora ya está, ahora no le digas más nada que ya entendió, dice el abuelo y la madre, ahora sin reírse pero tampoco sin estar enojada, mira a la pequeña Esperanza y comenta sobre su pelo, sobre sus borcegos prolijamente atados, sobre la campera flúo grande. Al menos se puso la campera flúo grande.
La madre tiene la llave con el llavero de la D en la mano. La pequeña Esperanza lo mira, la madre le dice que bueno, que salude al abuelo y al gato y que salga con ella que van a volver a la casa. El abuelo le dice que la deje, la madre le dice que no. La pequeña Esperanza se queda fuera de la decisión y no puede opinar.
La madre saluda al abuelo con un beso, toma la mano de su pequeña Esperanza y salen. Se van en bicicleta. El abuelo las mira irse, el gato negro también.
La madre pone siempre un almohadoncito en el asiento trasero de la bicicleta cuando viaja con su pequeña Esperanza. Hoy no había salido con ella y el almohadoncito no estaba puesto. Su pequeña Esperanza está molesta, pero no se queja.
Llegan a la casa. La madre apoya la bicicleta en la pared y camina hasta la puerta para abrirla. Su pequeña Esperanza la mira en silencio. No me hagas esto nunca más, dice la madre. Su pequeña Esperanza la mira en silencio. Si llegaba y no te encontraba me iba a morir del susto, dice la madre.
Entran a la casa. La madre vuelve a salir porque olvidó las bolsas de las compras afuera. Su pequeña Esperanza se queda adentro sin hacer nada. En su mano tiene el diamante, sucio. La madre regresa. Deja las llaves en la mesa y lleva las bolsas a la cocina, en la que la pequeña Esperanza, de noche, sueña que vuela como nadando.
Su pequeña Esperanza mira las llaves y el llavero con la D. Una vez le preguntó a la madre de qué era la D y la madre le había dicho que de Dios.
En toda la mañana la madre no vuelve a decirle nada, pero al mediodía, mientras comen viendo dibujitos; las dos, la madre también; repite a su pequeña Esperanza: no me vuelvas a hacer nunca más lo que me hiciste hoy. Su pequeña Esperanza la escucha, y le dice que sí, pero sin preocuparse mucho. Está viendo dibujitos, está en casa y está con la madre; no tiene ni frío ni miedo. Cuando ya no sea tan pequeña va a entender de preocupaciones, ahora esas cosas no le importan mucho, o sí, pero no las entiende, o las entiende pero se las olvida, como ahora, que ni se acuerda de que tiene un diamante escondido en el bolsillo.

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