Buen día.

Al viejo que se sienta en la puerta de mi edificio con su caniche upa; al portero del edificio de al lado; al canillita; a la policía mujer que se quiere levantar el canillita; a los obreros respetuosos del edificio de la esquina; al verdulero adorable de Salguero, a su señora adorable y a sus nenitos adorables; a los obreros irrespetuosos del edificio de Mansilla; a la mina del quiosco de Mansilla; al pibe del quiosco, tu quiosco, de Charcas; al verdulero, tu verdulero, de Bulnes; al portero de tu edificio, que de mí claro que ni se acuerda, pero a él yo claro que lo quiero, para siempre, por esos “no eras morocha vos ayer?”, de cuando salíamos de tu casa, sin que le notes la cara de buen tipo, insistente, hasta que me avivé; al chofer del 29, sea cual sea, al que tiene el escudo de Racing en el espejo también.

No me saques ni uno solo, del ritual. Ningún buendía. Que si me falta uno, alguna mañana, me dejás la señal de la cruz por la mitad.

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