En los cuentos de hadas, las brujas son malas. Y en los cuentos de brujas, las hadas son feas.

Me dijo: tenés que preocuparte más por las palabras.
Con las manos, con la silla. Con la puerta cerrada, me lo dijo.
Tenés que preocuparte más, retrucó, por la belleza de las palabras.
Y que una vez había tenido una novia, me contó. Cuando era menos que joven, de adolescente. Que le había regalado un libro, él a ella, y que en la primera página le había escrito: Ojalá éste libro esté muchos años en tu biblioteca, sin dejar de estar en la mía.
Que eso era la belleza, me dijo, me explicó, por la simple razón de que era verdad.
Con las manos, con la silla: la belleza es una verdad. Tenés que preocuparte más por la verdad de las cosas, la verdad de las palabras con las que nombrás las cosas.
Y yo, menos que joven, pensaba, bien mujer, mientras él me contaba todo eso, en qué había sido de esa novia. Dónde estaba esa novia ahora. Cómo se pudo terminar una cosa así, para la que se escribió una cosa como esa, en ese libro.
Pero él me decía, también, siempre: no seas mujer cuando pienses. Se humana.

La verdad no tiene nada que ver con que las cosas duren para siempre.
La belleza no se ocupa del para siempre de las cosas. Se ocupa de que sean ciertas, mientras estén. La belleza, es el para siempre.

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