Yacyretá

Llueve pesado, transparente, sobre el amarillo del techo del taxi y después, en la vereda, llueve pesado, transparente, sobre el amarillo del techo de mi paraguas amarillo. Más amarillo que siempre, todavía, por el transparente que tiene encima.
A los pies, las zapatillas negras, los tengo empapados.
Mi hermana odia el amarillo. Mi hermana y yo, nacimos y: nos hicieron usar amarillo. Porque no sabían, no habían querido saber, qué íbamos a ser. Ni yin, ni yang. Amarillo es todo a la vez.
Está bien que no te guste el todo a la vez.
O que, como a mí, me encante.
Pero el amarillo verdadero, valiente, digo. El amarillo How I met your mother. El amarillo sensible. No ese amarillo Palermo, aguado, cagón, Wes Anderson, que usan ahora.
Todo lo malo de la nueva camiseta de la Selección es que le sacaron el amarillo.
La dejaron toda color cielo y nada más. Sin amarillo y sin negro. Eso también. Cómo le van a sacar los contornos negros.
Qué mentira.
Cuando Josie, mi amiga, pintó Yacyretá y explicó qué había hecho cuando pintó Yacyretá, dijo la verdad. Que los colores eran el agua de la represa, que caía pesada, transparente. El blanco, era el Infinito. Y el negro: el hombre. Los límites. La belleza de Yacyretá, que no es la belleza de la lluvia, está en los límites del hombre.
Los límites que se empapan. Como mis zapatillas negras.
Qué ganas de estar descalza. Qué negra.
Tengo que usar más sandalias. Me dijeron.
Menos zapatillas, más sandalias.
Tengo que explotar más, me dijeron, mi lado Yin. Mi lado mujer.
Más Yin, menos jean. Más pollera. Y que si hay viento, la levante todo lo que quiera.
Más Yin, menos gin, más tónic.
Mi lado Jane. Ser la que se mete en la selva, sí, porque quiere. Pero no ser la que vive, la que viene de, la selva. Ese tiene que ser el que me venga a salvar.
Llueve, llovía, pesado, transparente, sobre amarillo y ahora hay sol, blanco, Infinito.
Y la humedad levantó la saturación de todo.
Y está muy bien. Porque en esta parte de la película, en el Punto Medio, si llueve, aunque sea un cliché, se nota más, es torpe pero es evidente, que el personaje está experimentando una transformación.
En esas cosas, ves, Wes Anderson es un cagón.

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