La culpa es de otro

La culpa del primer hombre que se encontró a Buda por la calle y le cortó la cabeza.
La culpa es de la criada que le enseñó a Penélope a tejer y a esperar. Tejer y esperar. Tejer y esperar.
La culpa es de los sumerios que olvidaron el pan que fermentó por primera vez y los hizo dudar de si Dios no era lo mismo que un cuenco de cerveza.
La culpa es de la primera mujer que antes de conocer la ropa, antes de conocer el espejo, antes de conocer su poder, eligió llevarse a la boca la gota de sangre que brotaba de su dedo y subrayarse la boca.
La culpa es del primer lobo manso que quiso ser domesticado. De la primera mascota que quiso besar la mano de un hombre. Del primer animal que no quiso valerse por sí mismo.
La culpa es de los padres de los hermanos Wright. De que estuvieran tan aburridos. De que disfrutaran de estar juntos. De que el deseo de jugar se hubiera transformado en deseo de volar.
La culpa es de Colón. De Magallanes. De Charles Darwin. De los que querían ver qué había del otro lado.
La culpa es de la baja presión en Normandía. De la forma en que condensan las nubes. Del modo en que reflejan el sol a las siete de la tarde en primavera. Del color vainilla que veía Monet.
La culpa es de Quino. De que escribiera con mayúscula. De que yo leyera Mafalda a los tres años. De que entendiera la letra antes de entender el mundo.
La culpa es del aroma de una hoja de laurel chamuscada.
La culpa es del Veranito de San Juan. De poder volver a jugar al verano cuando ya terminó todo. De la fiesta patronal de mi pueblo. La procesión. La fogata. Quemar los pecados.
La culpa es de los liquidámbar de la Plaza Mafalda en Colegiales. De que el otoño más intenso me quedara tan cerca.
La culpa es del mercado de pulgas. De los objetos patinados con tristeza de otro.
La culpa es de todos los chicos que alguna vez me quisieron. Que me quitaron el privilegio de estar triste. De tener sobre qué escribir.
La culpa es del gusano que escupió la seda con la que hicieron el vestido de mi bautismo. De las abejas que escupieron la cera de las velas de mi confirmación. De las uvas del vino dulce de mi primera Comunion.
La culpa es de mi árbol genealógico, coordinado para que yo alcanzara a tener una infancia analógica.
La culpa es de las fotos de antes, donde uno faltaba porque estaba atrás de la cámara. La culpa es de los que están ausentes.
La culpa es del insomnio de Leopardi. De las estrellas de Macerata. Del cielo que le hizo intuir el infinito.
La culpa es del infinito, como en El fin de Borges.
La culpa es de la mirada de Marcello Mastroianni.
La culpa es de las piernas de Ricardo Bochini.
La culpa es de la ternura de María Elena Walsh.
La culpa es de otro. Toda mi tristeza. Culpa de cada otro que colaboró con que existiera mi incertidumbre. El vértigo de que exista algo más grande. De que la belleza tuviera un responsable.
Culpa que es ira. Ira que es duelo. Duelo que es tristeza.
Necesito encontrarme al culpable por la calle y cortarle la cabeza.

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