Igual de grande

Cuando Valen camina por la calle, baila. Cada paso es paso de baile.
Porque sabe que la madre va por atrás.
Y quiere que la obligación de cuidarla, también sea gusto de mirarla.
También, Valen, cuando camina, cada dos o tres pasos de baile que hace para adelante, al cuarto lo hace mirando para atrás.
Porque sabe que la madre va por atrás.
Y aunque quiere irse lejos, siempre, necesita saber que la madre está ahí.
Eso hacemos. Nos vamos bailando para adelante y nos vamos mirando para atrás.
Porque queremos, para adelante; porque debemos, para atrás.
Y para qué nos vamos, entonces, si estamos siempre volviendo.
Y porque la calle es hermosa.
Porque el deseo de caminar es igual de grande que el deseo de volver.

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Así vamos a ser

Antes no me salía, pero ahora sí. Verlo, como vamos a ser. El escenario. El espacio como elemento dramático. La parte que nunca me sale. Para mí todo es diálogo. Todo palabras. En la ciudad para qué? Pero como la espumita, así, no la de arriba, la que queda prendida a las paredes del vaso, cuando ya no queda nada porque ya es toda mía, la birra, toda diálogo adentro mío. Esa espuma de pared de vaso, así vamos a ser. Así las paredes de nuestra casa. Espuma. El vaso todo abrigado. Nosotros todos abrigados. Es indimensionable, pero estar con vos va a ser tan lindo como estar sola.

Yacyretá

Llueve pesado, transparente, sobre el amarillo del techo del taxi y después, en la vereda, llueve pesado, transparente, sobre el amarillo del techo de mi paraguas amarillo. Más amarillo que siempre, todavía, por el transparente que tiene encima.
A los pies, las zapatillas negras, los tengo empapados.
Mi hermana odia el amarillo. Mi hermana y yo, nacimos y: nos hicieron usar amarillo. Porque no sabían, no habían querido saber, qué íbamos a ser. Ni yin, ni yang. Amarillo es todo a la vez.
Está bien que no te guste el todo a la vez.
O que, como a mí, me encante.
Pero el amarillo verdadero, valiente, digo. El amarillo How I met your mother. El amarillo sensible. No ese amarillo Palermo, aguado, cagón, Wes Anderson, que usan ahora.
Todo lo malo de la nueva camiseta de la Selección es que le sacaron el amarillo.
La dejaron toda color cielo y nada más. Sin amarillo y sin negro. Eso también. Cómo le van a sacar los contornos negros.
Qué mentira.
Cuando Josie, mi amiga, pintó Yacyretá y explicó qué había hecho cuando pintó Yacyretá, dijo la verdad. Que los colores eran el agua de la represa, que caía pesada, transparente. El blanco, era el Infinito. Y el negro: el hombre. Los límites. La belleza de Yacyretá, que no es la belleza de la lluvia, está en los límites del hombre.
Los límites que se empapan. Como mis zapatillas negras.
Qué ganas de estar descalza. Qué negra.
Tengo que usar más sandalias. Me dijeron.
Menos zapatillas, más sandalias.
Tengo que explotar más, me dijeron, mi lado Yin. Mi lado mujer.
Más Yin, menos jean. Más pollera. Y que si hay viento, la levante todo lo que quiera.
Más Yin, menos gin, más tónic.
Mi lado Jane. Ser la que se mete en la selva, sí, porque quiere. Pero no ser la que vive, la que viene de, la selva. Ese tiene que ser el que me venga a salvar.
Llueve, llovía, pesado, transparente, sobre amarillo y ahora hay sol, blanco, Infinito.
Y la humedad levantó la saturación de todo.
Y está muy bien. Porque en esta parte de la película, en el Punto Medio, si llueve, aunque sea un cliché, se nota más, es torpe pero es evidente, que el personaje está experimentando una transformación.
En esas cosas, ves, Wes Anderson es un cagón.

Sandheden om mænd

Estoy bajando una peli danesa que vi en el BAFICI 2009.
Te juro que desde el 2009 que pienso todos los días en esa película.
Esto es todo lo que sé sobre mi memoria.
Nunca la volví a buscar.

Van 20 k/s.
Esto es todo lo que sé sobre mi paciencia.

Tengo licenciado miedo de que no sea lo que recuerdo.
Pero las pelis no son buenas ni malas, son de uno o no son de uno.

Ojalá no sea mía de nuevo, seis años después.
Ojalá sí, también. Ojalá pueda seguirle creyendo a mi esperanza.

Digo peli. Como decirle Viqui a Victoria.
Como a una amiga.

Estoy bajando mi primer torrent.
Estoy aprendiendo a usar torrent.
Esto es todo lo que sé sobre mi adolescer.
Me gusta la palabra. Me gusta la velocidad. De la palabra. Se tiene que pronunciar tan despacio como funciona, para que exista, para que se pueda decir. Torrent. Se tiene que pronunciar sí o sí el final.

Qué se yo

Escuchame Fresco, lo que yo pienso hacer es lo siguiente. Me voy a levantar temprano, voy a hacer temprano todas las cosas de grande. Pagar, llamar, mentir. De noche no voy a mentir nunca, ni pagar nada. De noche, si estoy sola, cuando este sola, voy a tomar mate. Voy a dejar el café, me hace mal a los dientes. Voy a tomar mate y quedarme despierta. Voy a escuchar por Cadena 3 todos los festivales de folklore. Voy a ser feliz con poco. Digamos que mejor, con nada. Voy a escribir de a cuatro cosas a la vez. Escribir, escribir, escribir. Voy a ser buena. Voy a tener ganas. Voy a dejar de fijarme lo que hacen los hijos de putas. Pagas. Voy a comer sano, pero no aburrido. Voy a comerme hasta el pulmón de la manzana. Voy a tomarme la molestia de no ser aburrida de la boca para adentro. Voy a sacarle punta a la birome. Voy a dejar de odiar. Voy a querer mejor. Como para hacer algo diferente. Qué se yo.

En los cuentos de hadas, las brujas son malas. Y en los cuentos de brujas, las hadas son feas.

Me dijo: tenés que preocuparte más por las palabras.
Con las manos, con la silla. Con la puerta cerrada, me lo dijo.
Tenés que preocuparte más, retrucó, por la belleza de las palabras.
Y que una vez había tenido una novia, me contó. Cuando era menos que joven, de adolescente. Que le había regalado un libro, él a ella, y que en la primera página le había escrito: Ojalá éste libro esté muchos años en tu biblioteca, sin dejar de estar en la mía.
Que eso era la belleza, me dijo, me explicó, por la simple razón de que era verdad.
Con las manos, con la silla: la belleza es una verdad. Tenés que preocuparte más por la verdad de las cosas, la verdad de las palabras con las que nombrás las cosas.
Y yo, menos que joven, pensaba, bien mujer, mientras él me contaba todo eso, en qué había sido de esa novia. Dónde estaba esa novia ahora. Cómo se pudo terminar una cosa así, para la que se escribió una cosa como esa, en ese libro.
Pero él me decía, también, siempre: no seas mujer cuando pienses. Se humana.

La verdad no tiene nada que ver con que las cosas duren para siempre.
La belleza no se ocupa del para siempre de las cosas. Se ocupa de que sean ciertas, mientras estén. La belleza, es el para siempre.

El arte de ir perdiendo cosas en la ruta.

No hay formas tan majestuosas de perderlo todo, como las del odio. De la violencia.
Los girasoles en los bordes de las rutas, vienen de la violencia con la que el camionero cierra el camión. La violencia cierra mal. A la violencia, después, por violencia, se le escapan las semillas.
La violencia, el tornado, termina en senderos amarillos de ida hasta Oz y de vuelta a casa.

Tengo los pies empapados y me gusta. Y me da culpa.
Porque la lluvia, violenta, una vez me arruinó una Navidad. Yo los vi, a los girasoles caídos, llenos de barro. Las casas, llenas de barro. Las cosas, llenas de barro.
La inundación te hace perder para siempre la capacidad de amar la lluvia. La belleza de la violencia del agua. Culpa hasta de la sed.

Jealous Girl

Está lo que veo y: me gusta. Lo particular. Que es casi un halago a mí, más que a la cosa, por haberla visto.
Después está lo innegablemente lindo. Universal.
Después lo que me gusta mucho. Lo trémulo.
Después lo bello. Lo que te contornea el corazón Matisse style.
Y después, al fondo, último pero primero, lo místico: lo detestable, lo que odio profundamente, lo insoportablemente de otro. Que envidio. Que nunca voy a poder ser, o tener. Lo pesado. Pesa más, todavía, si no me dejan tenerle celos. Llorar, si la canción es linda, no por linda sino por de otra. Para otra. Sufrir en prosa, todo junto, por la cantidad de prosa escrita para chicas que no estoy hecha para ser.
Me destrozan las canciones.
Me duelen las mujeres a las que el sol deja naranjas en una sola puta corta tarde.
Me destruye que no nieve en Capital.
Me mata de impotencia que el obelisco tenga menos espacio allá arriba que el Empire State.
Me rompe el corazón no tener manos para piano. Dedos tan cortos.
Me pone nerviosa, odio, odio, odio, que no haya palabra en español que suene tan bien como “almost”. Me aterra haber nacido en el idioma equivocado.
Me hace mierda cuando se quedan con otra, los que almost se quedan conmigo.
Me parte el alma la frialdad de la comodidad de Yepes en San Lorenzo.
Me duele, incluso, te digo, me hace sufrir, no haber sufrido lo suficiente. No haber pasado algo que me dejara más rota. No escribir, no ser, con el peso de mejores decepciones. Ser toda, en cambio, celos, puros celos, como Lennon, celos. Que yo también didn’t mean to hurt you. Made you cry. I’m just a Jealous girl. Como él, but girl. Although he was the girl. The girl es el poeta, el celoso, el sensible. El otro es el Palermo. Yoko no partió en cuatro a nadie. Lennon separó al Fluxus. You know, como me dijo una vez una amiga, Lennon era el pichi de esa relación.

Buen día.

Al viejo que se sienta en la puerta de mi edificio con su caniche upa; al portero del edificio de al lado; al canillita; a la policía mujer que se quiere levantar el canillita; a los obreros respetuosos del edificio de la esquina; al verdulero adorable de Salguero, a su señora adorable y a sus nenitos adorables; a los obreros irrespetuosos del edificio de Mansilla; a la mina del quiosco de Mansilla; al pibe del quiosco, tu quiosco, de Charcas; al verdulero, tu verdulero, de Bulnes; al portero de tu edificio, que de mí claro que ni se acuerda, pero a él yo claro que lo quiero, para siempre, por esos “no eras morocha vos ayer?”, de cuando salíamos de tu casa, sin que le notes la cara de buen tipo, insistente, hasta que me avivé; al chofer del 29, sea cual sea, al que tiene el escudo de Racing en el espejo también.

No me saques ni uno solo, del ritual. Ningún buendía. Que si me falta uno, alguna mañana, me dejás la señal de la cruz por la mitad.

Oscar goes to.

Venía en el bondi leyendo La maravillosa vida breve de Oscar Wao, de Junot Díaz, pensando qué loser Oscar, que piensa que es loser porque no vive como en las películas, y pensando qué loser yo, que pienso lo mismo que piensa Oscar, y pensando que hasta en ser loser soy bien loser, leyendo así de tarde en la vida such a big obra del nerdismo básico.

El bondi frena en Pacífico. Semáforo. Se calla el motor. Escucho la radio del conductor. Están pasando la Old habits die hard de Alfie, con Jagger y Sheryl Crowe.

Levanto la vista y veo cruzando la calle a una mina grande, cuarenta y pico, rulos y un mechon fuxia cruzándole la cara. Actitud y campera de cuero.

Forget it, Oscar, life is so well scripted.